Felipe tenía 18 años cuando se fue a Brasil para estudiar
portugués por 1 año. El curso se lo regaló su padrino, que vive en Río de
Janeiro, y aunque a él no le importaba mucho aprender el idioma, no rechazó el
“regalito”, ya que había terminado recién el secundario y tenía tiempo para
volver y elegir una carrera. En Brasil, Felipe conoció a Amaya…
Felipe cuenta que aquel viaje a Brasil, a sus 18 años, lo
tomó como unas vacaciones que durarían más de lo común, ya que estaría alla dos
semestres (1 año).
Sus padres, que tienen dos hijas menores que él, estaban
preocupados porque no podían acompañarlo, pero confiaban en su padrino que por
entonces tenía un empleo en el consulado paraguayo: “a los 18 nadie toma nada
en serio, y yo menos que nadie, ya que solo quería divertirme. Yo elegí para
estudiar la carrera de veterinaria, así que cuando llegué allá le conté a mi
padrino eso y él también me pagó un cursito que te forma como cuidador de
animales en el zoológico”.
Al final, lo que Felipe menos tenía era tiempo para pasear o
tomar sol en la playa: “pero fui muy feliz haciendo lo que me gustaba”, dice.
AMAYA…
En el zoológico Felipe fue puesto bajo la protección de una
instructora llamada Amaya: “ella sí es veterianaria, y me pusieron para que le
ayude con los animales de granja, o sea, nada de tigres o cocodrilos sino que
cuidábamos a las vacas, caballos, conejos y otros animales menores. Ella tenía
33 años en ese momento, pero parecía una nenita cuando estaba con los animales
porque les abrazaba y besaba en todo momento”, recuerda.
Felipe se hizo muy amigo de Amaya: “los brasileros son muy
desconfiados, más todavía con los paraguayos, pero ella no, ella era tímida y
confiaba mucho en mí. Me enseñó enseguida todo lo que sabía, hasta a poner
inyecciones o a calmarle a un animal que estaba nervioso. Con ella supe ayudar
en el parto a yeguas, vacas y cabras, y todo me encantaba a mí. Aprendí mucho
de su dulzura para tratar con los animales, porque si vos estás nervioso, el
animal enseguida se da cuenta”, dice.
En sus momentos de descanso, Felipe trataba de hablar un
poco con Amaya, pero ella era muy callada: “me di cuenta que era su carácter, y
me gustaba así. Era una mujer diferente en mi vida, porque siempre estuve
rodeado de chiquilinas escandalosas y gritonas, como primas y compañeras de
colegio, y conocerle a alguien que siempre usaba botas de lluvia, sombrero y
chaqueta, no sé, era algo distinto”.
Fueron muchas las tardes en que Felipe y Amaya se quedaron
hasta fuera de hora para atender a algún animal enfermo, o próximo a dar a luz:
“ella confiaba mucho en mí. Felipao, me decía, y por esas cosas de la vida un
sábado salimos juntos y me preguntó dónde vivía yo. Le dije y se ofreció a
llevarme, porque tiene una camionetita, pero como ya era tarde le pregunté por
qué no nos quedamos a comer una hamburguesa en la zona de la playa”.
La veterinaria aceptó: “se rió mucho conmigo, porque yo le
contaba las cosas que hacíamos con mis amigos, las travesuras de Paraguay.
Recuerdo que tenía una sonrisa preciosa, me encantaba mirarle, pero a ella le
daba vergüenza. Yo le dije que en Paraguay tenemos la idea de que las
brasileras son todas muy abiertas, onda mulatas que se pasan bailando, y ella
me dijo que no todas, porque ella no sabe bailar nada”.
Así empezaron a salir a comer algo, a tomar un helado, pero
Amaya jamás lo invitó a su casa.
¿ROMANCE?
Faltando dos meses para volver a Paraguay, Felipe dio un
paso arriesgado: “le besé. Salimos un domingo a eso de las ocho de la noche del
zoolígico, fuimos los últimos, y en su camioneta le besé. Le dije que me
gustaba, y que yo no sé su situación porque ella nunca me dijo si estaba
casada, si tenía novio, si tenía hijos, nunca hablaba de sí misma, pero me
gustás, le dije”.
Amaya no dijo nada, pero pasó una larga semana sin que
vuelva a llevar a Felipe a su casa: “le agarré el domingo siguiente, le volví a
besar porque le veía con miedo de mí, y tuvimos sexo en la playa esa noche.
Estuvimos juntos hasta que yo volví a Paraguay y en todo ese tiempo, lo único
que me dijo es que era soltera y que vivía con unos tíos. Nos despedimos y se
cortó la comunicación; o sea, yo le llamé, le escribí al correo, pero nunca
tuve respuesta de su parte”.
Felipe ingresó a ingeniería, conoció a Silvia, una
estudiante de arquitectura que se enamoró perdidamente de él: “nos pusimos de
novios y nos casamos al recibirnos. En todo ese tiempo yo no tenía ni idea que
dejé un hijo en el vientre de Amaya, un hijo que soñaba con conocerme porque su
mamá le habló de mí”, dice.
Y entonces…
“Mi corazón Respondió”
Felipe cuenta que Silvia, que tiene su misma edad, es del
tipo de mujer que “te arregla toda la vida”. Dice que ella decidió dónde
vivirían, compró los muebles, decoró al cara y él no tuvo que hacer nada:
“tiene un grupo de amigas que se ayudan en todo, que en un ratito te arman un
asado, que se divierten juntas, y por mí está bien, pero tengo que decir que
siempre me sentí un poco solo en mi matrimonio”, dice.
Su esposa, sin embargo, parecía muy feliz: “y estaba bien,
teníamos una buena vida familiar y yo lo que pensé es que tampoco se puede ser
todo lo feliz que uno quiere. Yo ahora tengo 31 años, hace 5 años me casé y no
tenemos hijos porque mi señora no puede embarazarse y tampoco quiere adoptar.
Eso no le amarga ni nada, ya que siempre dice que cuando esté lista, vamos a
adoptar”.
LA “LLAMADA”
Hace menos de tres meses, una llamada cambió toda la vida de
Felipe: “me llamó mi padrino que sigue viviendo en Río de Janeiro, aunque ya no
trabaja en el consulado. Me dijo si yo le conozco a una persona llamada Amaya
F., y sí, le dije, y me dijo mi padrino que ella falleció de cáncer y que dejó
un niño de 12 años que según sus familiares, es mi hijo”.
Felipe se quedó mudo: “mi padrino me pidió que viaje a Río
de Janeiro porque la criatura iba a ser dada en adopción si yo no me hacía
cargo. ¿Vas a venir?, me dijo, y yo le dije que sí. O sea, ni pensé, es como mi
corazón respondió por mí”, asegura el ingeniero.


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